Thursday, April 15, 2021

La historia que no está en los libros

Ubicación del acueducto colonial.  


Hace un poco más de un año, los ingenieros encargados de la renovación histórica del centro de Rionegro encontraron los restos de un acueducto colonial, que ahora se puede ver a través de un vidrio de seguridad. Este acueducto cuenta parte de la historia de quienes habitaban el valle de San Nicolás en el siglo XVIII.

Alrededor del hallazgo arqueológico hay edificios que cuentan las historias de personajes que nacieron o que pasaron por Rionegro haciendo historia: el museo histórico Casa de la Convención, la casona donde se firmó la constitución de Colombia de 1863, guarda pinturas, armas y otros objetos que recuerdan personajes de la vida local y nacional. Allí hay retratos del general José María Córdova, del líder liberal Rafael Uribe Uribe, del presidente conservador Pedro Nel Ospina, y más cerca de nuestros tiempos, del caricaturista Ricardo Rendón.

Al otro lado de la calle, justo al lado de la iglesia San Francisco, hay un edificio que no tiene retratos ni tesoros arqueológicos, sino que guarda historias del corazón. La pizzería-bar La Mansarda cumple 40 años sirviendo capuchinos y palitos de queso para celebrar el amor. 

Un amor que empezó con el notario Cecilio Echeverri, que vio en la reconstrucción de este espacio un aporte al futuro pujante del municipio. Le siguieron la pasión del arquitecto Juan Echeverri, quien diseñó un edificio moderno que guarda armonía con su entorno histórico y la de Jairo Mejía, un meticuloso constructor. A ellos se les unieron Oliva Velásquez con su invención del Café Mansarda, y Martha y Lila Salazar, quienes con su cariño y su creatividad elaboraron recetas originales y decoraron un lugar sin igual en el Rionegro de comienzos de los años 80. Desde el comienzo, John Marín se encargó de su administración. 

Para algunos, los recuerdos más valiosos de La Mansarda son los besos que se dieron con los novios de la adolescencia en el segundo piso del local. Para otros son las tardes preciosas que pasaron allí con sus seres queridos tomando un café, y otros recordarán las horas de miradas, charlas y bromas que vivieron con sus amigos en alguna de las barras del local. 

Para otros, el mejor recuerdo es el de la comida: las papas a la francesa acompañadas con una Coca-Cola, los palitos de queso con mermelada de fresa, piña, o mora; las pizzas, las lasañas y los pasteles de pollo. 

Otra característica inolvidable de La Mansarda durante esos primeros años fue la música. La colección que preparó Juan Echeverri incluía temas de varias partes del mundo. Imposible no recordar a Ennio Morricone con temas como el de la película El bueno, el malo y el feo; la samba Más que nada, de Sergio Mendes; la bossa nova Garota de Ipanema de Antonio Carlos Jobim; Happy together y otros temas del sunshine pop de California, así como los temas más famosos de cantautores clásicos como Edith Piaf, Jacques Brell o Frank Sinatra. 

Durante la construcción del aeropuerto José María Córdova, La Mansarda fue el sitio de reunión y descanso de las decenas de profesionales que llegaron a la región. Años después, se convirtió en punto de encuentro de jóvenes, en centro de descanso de los representantes de convenciones liberales y conservadoras, de actores que llegaban a la Casa de la Convención a representar a los próceres de la patria, y de cientos de rionegreros que encontraban allí un ambiente fresco y alegre. ¿Quién no fue a tomar capuchino a La Mansarda después de las procesiones de Semana Santa? ¿Y quién no recuerda haber oído sobre el toro que entró al local una tarde cualquiera?

La charcutería La Mansarda también hace parte de esta historia de amor. Allí estaba una de las primeras máquinas de hacer helados que llegaron a Rionegro. Eran unos helados de crema suave, cubiertos de maní, pasas, coco y chocolate. Los domingos, después de misa, la gente hacía fila para probarlos. Al fondo de la charcutería, los estantes de madera guardaban dulces, conservas, bebidas y otros productos importados. Las vitrinas ofrecían variedades de carnes frías y quesos para llevar. 


Los hermanos Gustavo y John Marín  


A lo largo de esos 40 años, los hermanos John y Gustavo Marín han sido testigos del cambio del municipio. Desde la barra de La Mansarda han visto cómo Rionegro se ha convertido en el centro de comercio del oriente antioqueño. Le han dicho adiós a los clientes antiguos que se fueron en busca de nuevos horizontes y también le han dado la bienvenida a los nuevos, que llegaron con la ilusión de prosperar en la región.

Los restaurantes y bares del mundo han estado silenciados durante el último año. Los cierres y los toques de queda por causa de la pandemia han sido un golpe duro tanto para los comerciantes como para sus clientes. Sin embargo, los hermanos Marín siguen en pie, celebrando el amor que los rionegreros les han brindado a lo largo de los años y esperando que en su local se gesten muchas otras historias de amor. 

La Pizzería bar La Mansarda no tiene fotos ni placas conmemorativas. Sus paredes, en cambio, guardan cientos de historias que los rionegreros llevan en su corazón.


Marzo de 2021


Monday, July 20, 2020

La ciudad que se resiste a desaparecer

   Amsterdam. La ciudad que perdura bajo el nivel del mar y también en el corazón de los que la visitan. Ciudad de turistas y orgullo de los neerlandeses. La que enfrentó con valentía tres cruces que la azotaron en épocas medievales: la peste negra, el fuego en sus casas de madera y el riesgo de las inundaciones.


La ciudad de los canales concéntricos, de los puentes levadizos, de las fachadas de ladrillo inclinadas que encierran hoteles inolvidables, galerías de arte, boutiques, tiendas de quesos gouda, de galletas stroopwafel, de piercings y de marihuana. 

La ciudad de la casa de Anne Frank y la de Rembrandt, la de los cien museos, la que recibe tanto a los admiradores de Van Gogh en su museo de cuatro pisos como a los amantes de Vermeer y Rembrandt en el Rijksmuseum. La que tiene un modelo en tamaño natural de la pintura El vigilante nocturno, en la Plaza Rembrandt, y una escultura de Picasso en el popular parque Vondelpark. La que tiene una sede del museo Hermitage, el segundo más grande del mundo, a orillas del río Amstel.


   La ciudad de las cuatro iglesias: la vieja, Oude Kerk, construida en el siglo XIII; la nueva, Nieuwe Kerk, donde se lleva a cabo la coronación de los reyes neerlandeses; la del oeste, Wester Kerk, cuya campana acompañó a Ana Frank durante muchas noches de encierro,  y la del este, Oosterkerk, que es hoy en día una sala de conciertos. 
La ciudad helada en el invierno y tibia en el verano. La del imponente palacio real y su plaza Dam, que atrae a los turistas con la vista del palacio, el memorial a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial y las innumerables tiendas de souvenirs. La ciudad de la casa de la pesa, del barrio Jordaan y, sí, también la ciudad del famoso barrio rojo. 

   La de contrastes arquitectónicos, cuya sínteis es la Estación Central, construida en una isla artificial sobre el IJ —el agua de la antigua bahía de la ciudad—. De cara al centro, un ostentoso edificio de estilo neogótico holandés, finalizado en el siglo diecinueve. De cara al IJ, una construcción moderna, que incluye centro comercial, estación de buses y también la parada del ferry que conecta el centro con el norte de la capital. 



La ciudad cuyos canales exhiben esas construcciones de dos, tres y cuatro siglos de antiguedad con fachadas pintorescas, decoradas en estilo de escalera, campana, punta, marco y embudo. Todas con su gancho en la punta y un ventanal grande, por el cual se recibía la mercancía en el pasado, y que hoy sigue siendo el lugar de acceso de muebles y objetos grandes. 

Amsterdam es también la ciudad del centenario salón de conciertos Royal Concertgebouw y de su Orquesta Sinfónica Real, una de las mejores del mundo; de Stopera, un complejo de edificios que es a la vez casa de la ópera, del ballet y del gobierno local; del eye film museum, esa maniobra arquitectónica que aloja el museo de cine y uno de los cafés más escénicos de cara al agua. 





La ciudad del Amsterdam Hilton, el hotel en el que John Lennon y Yoko Ohno se encerraron desnudos durante varios días y, también el lugar donde Hazel y Augustus, los protagonistas del libro juvenil Bajo la misma estrella, empiezan su larga despedida.

La ciudad perfecta para caminar, para perderse, para soñar… y también para deleitarse con una torta de manzana, un té de menta, o hasta con un arenque con cebollas de un puesto callejero. Tal vez por eso se resiste a desaparecer.


Monday, August 21, 2017

Romanos, árabes y católicos en Segovia

En 2016, un grupo de arqueólogos estableció la fecha de la construcción del acueducto en el siglo II y no en el I. 


No importaba que hubiéramos visto ya el acueducto romano en fotos, en videos, en catálogos turísticos y en mapas. Nuestro primer encuentro con la muralla de arcos que se levanta en Segovia (España) nos dejó desarmadas. Mi mamá y yo nos tomamos de la mano y solo atinamos a sonreír mientras nos acercábamos a la mole de piedra que contrastaba con el azul profundo del cielo de un día de verano.
Gracias a una serie de coincidencias y oportunidades únicas, habíamos llegado a Salamanca hacía una semana para estudiar una maestría sobre la enseñanza del español como lengua extranjera. El plan original incluía solamente a mi madre, que había decidido hacer el curso hacía casi un año. A última hora, y sin mucho pensarlo, yo me anoté en una lista de espera y en marzo sorprendí a mi esposo con la noticia. Hacía años soñábamos con ir juntas a España, pero no teníamos un plan definido. Sin inconvenientes, nos encontramos en Madrid a finales de junio y de inmediato nos unimos a los cientos de estudiantes internacionales que deambulan las calles de Salamanca durante los meses de junio y julio.
Aquella mañana cumplíamos con parte de nuestra carga académica, que incluía tres excursiones por la región autónoma de Castilla y León, ubicada al noroeste de Madrid. Mientras los compañeros se ocupaban en perfeccionar selfis frente al acueducto, nuestro profesor y guía hacía un rápido recuento de las estadísticas de esta muestra de ingeniería romana del siglo II DC, que todavía funcionaría si se permitiera el paso de agua por su canal. Señaló los 166 arcos y sus columnas, que fueron levantados sin usar argamasa ni mortero; explicó que los canales, que llevan el agua desde la Sierra de Fuenfría hasta el Alcázar, tienen una longitud de 15 kilómetros, y que la parte elevada (que en su parte más alta alcanza casi 30 metros) ocupa solo 800 metros del casco urbano. Apenas empezábamos a imaginarnos la urbe romana, con sus soldados deambulando entre los íberos que, vencidos después de años de luchas, se empezaban a acostumbrar a las comodidades del municipia, cuando el profesor nos obligó a emprender el camino hacia el Alcázar de Segovia, ubicado al otro extremo de la ciudad antigua.
Casa de los Picos 
En el camino aprendimos sobre la herencia arquitectónica mudéjar, aquella que dejaron los árabes que vivían en territorios reconquistados por los cristianos. Su muestra más representativa son las fachadas esgrafiadas, es decir, decoradas en yeso con diseños geométricos. El ascenso por la calle Juan Bravo nos sorprendió con el paso de grupos musicales que bajaban desde la catedral hasta el acueducto. Mientras nos concentrábamos en los trajes típicos, los músicos y las bailaoras flamencas, el profesor procuraba explicar la importancia histórica de la Casa de los Picos, la iglesia de San Martín (con su pórtico y sus columnas románicas) y la plaza de Medina del Campo, cuya historia quedó enmudecida en nuestra visita por una gaita asturiana.

Vista de la catedral desde la Plaza Mayor 

Ya en la cima de la colina, a un costado de la Plaza Mayor, la catedral de Segovia se dejó ver en todo su esplendor. Nos dejamos guiar por el profesor, que señalaba los arbotantes, las bóvedas de crucería y los arcos ojivales como muestras de su estilo gótico tardío. En el interior, visitamos el coro, con sus enormes libros de cánticos gregorianos, y contemplamos sus capillas y museos. Por último, nos dejamos encantar con la leyenda de San Frutos, que el 25 de octubre de cada año pasa una hoja del libro sagrado que lleva entre sus manos.
San Frutos 
Finalmente, bajo el sol del mediodía español (es decir, a eso de las 2 de la tarde), llegamos al monumental Alcázar, el castillo medieval de Segovia que ha sido fortaleza, palacio de reyes y colegio de artillería. Desde el foso (sin agua y sin cocodrilos), hasta el aljibe ubicado en la parte más alta del castillo, cada habitación cuenta una historia sobre los reyes que la habitaron.

Artesonado en forma de galera 
Durante el recorrido aprendimos que el rey Alfonso X, el Sabio, pasó allí temporadas escribiendo sus tratados de astronomía; que Isabel la Católica se hospedó en las habitaciones reales antes de ser proclamada reina de Castilla, y también que sus últimos habitantes fueron los reyes de la casa de Austria, cuando el palacio se convirtió en una prisión del estado. Afortunadamente, en los últimos años se restauraron los artesonados, esos techos de madera decorados con lujo de detalle por artistas árabes, y las habitaciones que algún día mostraron el poderío del reino. La Sala de Reyes, que en su artesonado incluye estatuas de los reyes de Asturias, Castilla y León, es una obra de arte única, así como el cuadro de la coronación de Isabel, que representa a los personajes sin ojos para conmemorar la festividad de Santa Lucía.
Los reyes de Castilla tienen su estatua en el Alcázar. 
Como buenas estudiantes salmantinas, mi mamá y yo volvimos a contemplar el rico legado de la corona española y luego nos sentamos en el parque de la reina Victoria Eugenia a recrear la vida en la Segovia de los romanos, de los árabes y de los reyes católicos.

El Alcázar fue construido durante varios siglos, por lo cual no tiene un estilo definido.  

Friday, January 6, 2017

Impresiones de un viaje alrededor del mundo en 1957


Hace ya un buen tiempo recibí un pequeño tesoro envuelto en un sobre de Manila de esos que ya no se ven: suave, casi brillante, con fibras que sobresalen del papel como si fueran cabello de ángel. Para completar el encanto, el sobre venía sellado con una cuerda delgada envuelta alrededor de dos círculos de cartón.
Adentro había un cuadernillo escrito a máquina, y en letras subrayadas mayúsculas se leía el título:
Diario de mi Viaje a Europa 
Al entregármelo, mi mamá me habló de su abuelo Rubén Velásquez, padre de siete hijos y administrador de la empresa familiar que gestó su mamá Bibiana en las montañas de Abejorral Antioquia.
― ¿Te imaginas al abuelo Rubén sentado en su habitación de hotel o en una casa de sacerdotes escribiendo cada noche lo que vio en Lisboa, en Zurich, en Roma y en Jerusalén?
Mi mamá creció en la casa de sus abuelos y durante años observó el funcionamiento de la cooperativa familiar. Los viernes y los sábados veía llegar al patio de la casona las mulas cargadas con la cosecha de las fincas de los tíos abuelos, que se repartía entre los grupos familiares. Lo que sobraba se vendía en el mercado, y con las ganancias se ayudaban a mejorar sus fincas y cultivos. A los 60 años, después de trabajar toda una vida en el cultivo de la caña y del café, Rubén Velásquez se embarcó en un viaje por Europa y Tierra Santa. Sus impresiones del viaje quedaron en este diario, que tiene unas treinta hojas, delgadas y pequeñas, que miden la mitad de un papel tamaño carta. Apenas empecé a leer, lo imaginé atento y dispuesto a escuchar más que a hablar. Al pasar las páginas, casi que lo oía tecleando, comprometido a dejar testimonio de una jornada memorable.
Rubén Velásquez, en el centro de la fotografía, posa para un retrato familiar. 

Aviones, trenes y subterráneos
El diario comienza con el viaje de cuatro horas por la carretera destapada que separa a Abejorral de Medellín. El bisabuelo se despide de su familia y se embarca en el primero de los 11 aviones que tomaría durante el viaje, este con destino a San Juan de Puerto Rico. Sin mucho detalle, indica que en la isla tomó otro avión, Super Constellation, con destino a las islas Azores de Portugal.
Entonces comenzó su travesía por el viejo mundo: Pasó un día en Fátima, para visitar a la virgen; visitó Oporto, Praga y Lisboa, ciudad natal de San Antonio de Padua. Allí vio los coches lujosos de los reyes de antaño y la casa donde nació y vivió el santo de su devoción.
De Lisboa viajó en tren a Madrid, donde observó en detalle la opulencia del Escorial y la antigüedad de la ciudad de Toledo. Otro tren lo llevó hasta Lourdes, donde participó en una procesión conmovedora, con "millares de cirios como un cielo tachonado de luceros en movimiento".
Su travesía en tren continuó por Niza y Marsella, donde vio playas hermosas y puertos imponentes, y luego Roma lo recibió con su presencia imponente.
Un viaje larguísimo en tren lo llevó a Asís, y otro lo condujo hasta el puerto de Nápoles, donde tomó un ferry para visitar la isla de Capri.
El cuarto tramo en avión lo llevó a Atenas, donde vio los "vestigios de ciudades enormes y toda clase de templos dedicados a los dioses". De nuevo tomó un avión, este para Beirut, capital del Líbano, "donde la moneda es la piastra". El avión hizo una escala corta en Damasco y sobrevoló el desierto de La Palestina para llegar a Jerusalén.
Después de seis días de contemplación, desde la Palestina volvió a Italia, esta vez a Milán, con su catedral monumental, a Turín, a visitar la Sábana Santa y la casa de San Juan Bosco, y "hasta visitó un zoológico donde había un elefante que hacía función". Según su recuento, los viajes en tren por toda Italia fueron eficientes, pero agotadores.  
En avión llegó a las ciudades de Zurich, Francfort y París. Sus descripciones hablan de ciudades modernas, con gran variedad de comercio y una arquitectura impresionante.
Camino a Nueva York, el bisabuelo describe como "interminable" la noche de 17 horas que vivió en el avión. Lo que más le llamó la atención de la ciudad fue la variedad de medios de transporte, incluyendo tranvías, buses, trenes de cercanías y por supuesto el metro, que lo dejó asombrado con su capacidad de mover tanta cantidad de gente.
Del aeropuerto La Guardia en Nueva York voló a Jamaica y finalmente, después de siete semanas de viaje, aterrizó en Medellín.

Tierra Santa
De las descripciones del bisabuelo, las más detalladas son las jornadas en la Tierra Santa. La noche de su llegada, el y un grupo de sacerdotes con los que viajaba participaron en una procesión nocturna en la cual los hombres llevaban cirios al entrar al Santo Sepulcro.
Con lágrimas en los ojos, contempló emocionado la capilla del nacimiento. La visita a cada iglesia (todas levantadas en lugares santos) lo invitaba a meditar en los pasos de Jesús y de su madre en la tierra. Además de describir misas, procesiones y recorridos, incluye en su diario los pasajes de la Biblia que más lo conmovieron durante su visita.
En Jerusalén vio el calvario, la mezquita de Omar y Silac, la casa de Poncio Pilato, la casa de Santa Ana, la piscina probática y el muro de las lamentaciones.
Visitó Samaria, Belén, Getsemaní, la capilla del padrenuestro, la tumba de Lázaro, Jericó y el mar muerto. “Los países de la Palestina son todo desierto. Nada producen”, concluyó.
Dos páginas del diario describen el trabajo de la comunidad franciscana en la región. El abuelo incluye fechas y datos específicos sobre la llegada y el trabajo de la comunidad en Tierra Santa. Según sus averiguaciones, los franciscanos mantienen 42 lugares sagrados exclusivamente con las limosnas que reciben de los peregrinos.  

Ciudadano del mundo
De los seis días que pasó en Roma, destaca dos visitas a Castelgandolfo, la residencia de verano del Papa. Según sus averiguaciones, en Roma hay doce mil salones llenos de arte y 1500 iglesias de la antigüedad, sin contar las modernas. En Asís vio la gruta donde San Francisco hacía penitencia y también el cuerpo incorrupto de Santa Clara. En Atenas visitó la Acrópolis, el templo de Zeus, Euse y el museo de Atenas.
En Zurich, Suiza, compró relojes y recorrió una ciudad moderna; En Francfort, Alemania, usó marcos para comprar la máquina de escribir portátil con la que terminó el diario y en París vio los monumentos, navegó varias horas por el río Sena y hasta visitó al embajador de Colombia en Francia, con quien tenía alguna relación. La tumba de Napoleón tiene párrafo aparte. Después de opinar su imponencia desmedida, cuenta en detalle la relación entre Napoleón y el pontífice romano al que desterró.
Además de hablar de lo sagrado, el bisabuelo usa su diario para registrar la moneda de cada lugar que visita, y el precio del cambio con respecto al dólar. Atenas, París y Nueva York le parecieron las ciudades más caras. Usó dracmas, francos y dólares para comprar regalos, y pareciera que la comida no lo impresionó, pues casi ni menciona lo que comió durante el viaje.
En otro aparte dice el abuelo: tratándose de la belleza femenina, resaltan Francia, Alemania y la Judea. Admira uno la grandeza de Dios que ha hecho seres tan perfectos y de tremenda belleza.
Las últimas páginas del diario incluyen sus reflexiones sobre Tierra Santa. En el último párrafo enumera los 16 países que visitó y termina así: “Gracias a Dios por haberme concedido la gracia que tantos años hacía que yo anhelaba y que será para mí de imperecedera memoria”.  
  

Wednesday, August 3, 2016

Vida de marajás

El palacio del Lago fue construido entre 1743 y 1746 por el maharana Jagat Singh II. Hoy es un hotel cinco estrellas.

Desembarcar en el Palacio del Lago en Udaipur, India, es adentrarse en la historia de las monarquías y los principados hindúes. Subir las escalinatas bajo la sombrilla de los marajás es intuir el dominio que ejercieron sobre millares de súbditos. Entrar al edificio de mármol construido en medio del lago Pichola es comprender la riqueza de la dinastía Mewar que dominó una región del noroeste de India durante varios siglos.
En salones como este, los maharanas tenían sus reuniones de gobierno. 
Este palacio, refugio y lugar de descanso de los príncipes de la India de antaño, es hoy uno de los hoteles más lujosos del subcontinente. Su custodio, el entonces maharana de la casa de Mewar, autorizó esta transformación a mediados de 1960, en vista de que el lugar estaba en franco deterioro. En los años 80, el palacio fue escenario de la película Octopussy, de James Bond, lo cual aumentó su fama. Algunos de los palacios más lujosos de la región de Rajastán son hoy en día hoteles cinco estrellas, remodelados y decorados al mejor estilo de la tradición indo-árabe.
El edificio está construido alrededor de varios patios de mármol blanco, decorados con fuentes, jardines y paredones en piedra labrada. Centenares de columnas y arcos elaborados adornan las áreas sociales, que además incluyen un patio para las presentaciones y las danzas con las que se entretenía la corte real. Los cuartos de los huéspedes ocupan hoy la morada en la cual los marajás definieron la historia de la región. En el Palacio del Lago es posible dormir en una habitación circular de 21 metros de diámetro, con pisos de mármol y frescos en las paredes, o en una suite histórica, decorada con piedra tallada y ventanales que ofrecen vistas únicas de las montañas Aravalli y de los demás palacios de Udaipur.
Pero este es solo uno de los tesoros de la casa de Mewar, la dinastía de reyes (rajas) que dominaron la región. Cuenta la leyenda que cuando el maharana Udai Singh II cazaba en las montañas de la región, a comienzos del siglo 16, se encontró con un ermitaño que le mostró el lugar exacto donde su reino estaría a salvo de las invasiones mogoles (árabes). Se encontraba en las laderas del lago Pichola y los batallones del rey Akbar no podrían atravesar las montañas para llegar hasta allá. Para salvaguardar su reino, el monarca construyó, además del palacio, un muro de seis kilómetros a su alrededor. Allí floreció la ciudad de Udaipur, que hasta hace pocos años fue la capital de la región. 
Un detalle único de este principado en particular es su inclinación religiosa. La dinastía Mewar está dedicada a Surya, el dios sol en la religión hindú. Por lo tanto la palabra maharaja, que significa gran rey, no es apropiada para ellos y en su lugar se hicieron llamar majaranas, lo cual significa gran protector.
La casa Mewar marcó su dominio durante varios siglos a través de la construcción de palacios y fuertes, entre los cuales están Kumbhalgharh, a cuyo alrededor se extiende la segunda muralla más larga del mundo, y el Palacio de la Ciudad de Udaipur, que fue ampliado y mejorado durante 300 años, y que además ostenta una colección histórica y arquitectónica sin rival en la región. El palacete del Monzón y una segunda residencia en el lago Pichola completan la colección de moradas para la familia real.     
Este mosaico es uno de los tesoros arquitectónicos del Palacio de Udaipur.  
En el siglo 18, el imperio mogol que había dominado el subcontinente de la India estaba debilitado. Durante 300 años, los ancestros de de Jagat Singh II, también de la dinastía Mewar, habían recuperado su territorio y establecido alianzas con los principados cercanos. El joven heredero se dedicó entonces a fortalecer dichas alianzas, a engrandecer los palacios existentes y a inmortalizar su nombre en el Palacio del Lago, que llamó Jag Niwas.
Kumbhalgarh se esconde en las montañas Aravalli. 
Desde entonces, y hasta mediados del siglo XIX, la familia real se mudaría a un palacio diferente dependiendo de la estación. En todos ellos había salones de mármol decorados con piedras semipreciosas en los cuales se llevaban a cabo las durbar, o reuniones oficiales, así como festividades y danzas en honor de Surya, el dios sol.

Rajastán es uno de los 29 estados de la India, posiblemente el más turístico gracias a su riqueza histórica. Udaipur, la ciudad que acoge estas riquezas, es la antigua capital del territorio y la base de muchos turistas que quieren darle un vistazo a los lugares donde prosperaron los reyes de bigotes y turbantes que cazaban leopardos y se paseaban en palanquines, caballos y elefantes.