Tuesday, February 1, 2011

Cuento de Navidad



Érase una vez una niña que adoraba la Navidad. No sólo por los regalos que le traía el Niño Dios, sino por las actividades que ocurrían alrededor de la fecha: las vacaciones del colegio, los paseos a la finca de los tíos, la armada del pesebre, el ronroneo de los villancicos en televisión, los alumbrados en los balcones de los vecinos, el rezo de la novena de Navidad y, por supuesto, los bailes del 24 y el 31 de diciembre con los primos.
La niña creció y siguió fascinada con la fecha. Ni siquiera la universidad, los novios o el trabajo le quitaron importancia a la época. Si no había regalos, un par de medias y una chocolatina la hacían feliz. Si no estaba con toda su familia, una llamada y las memorias de otras fechas eran suficientes para celebrar de corazón. Inclusive en medio del invierno ruso encontró el gozo de la Navidad. De hecho, su espíritu navideño siguió intacto cuando Santa Claus, Frosty, el árbol de Navidad y las canciones sobre la nieve reemplazaron los villancicos y el pesebre de su infancia. De corazón, ella celebraba el nacimiento del niño Dios. O al menos eso era lo que ella pensaba antes de que un ‘cambio de circunstancias’ opacara su corazón.
Fiel al lema de “Al país que fueres haz lo que vieres”, se ajustó a las costumbres de su pareja y de su nueva familia. Sin pensarlo dos veces, cambió el baile del 24 de diciembre por una cena familiar el 25; se olvidó del traído del niño Dios y aceptó los regalos de suegros y cuñados como parte de una nueva tradición, e inclusive abrazó la simplísima idea de ver una película con su esposo mientras el resto del mundo celebra con besos y abrazos la llegada del año nuevo.
Sin embargo, de un año para otro todo cambió. Un peso incómodo se posó en sus hombros y la Navidad pasó de ser un tiempo de gozo a ser un tiempo de frustración. No es que las fotografías de los niños con Santa Claus le parecieran ahora forzadas y aburridas o que las salidas a ver los alumbrados se hubieran vuelto repetitivas. Había algo más. Mientras más lo pensaba, más le costaba descifrar el origen de ese peso. No era que le hicieran falta la natilla, el buñuelo y uno de sus tíos disfrazado de papá Noel; tampoco eran las decoraciones, porque ahora veía bellezas que antes ni siquiera podía imaginar. ¿Dónde estaba la diferencia?
Al fin, mientras buscaba cansada regalos para las personas en su lista, la respuesta llegó, como traído del niño Dios: el intercambio era lo que había dañado su espíritu navideño. La obligación implícita de comprar algo para cada persona que posiblemente le daría un regalo a ella se convirtió muy pronto en gesto desgastador y malagradecido. Aquello que era la alegría de medio mundo se convirtió en motivo de su agobio. Se vio deseando no estar en las listas de otros y hasta imaginando excusas para no ir a la cena del 25 de diciembre.
Al notar el cambio, su mejor amiga, esa que casi siempre se quedaba sin regalo, le recordó: “El pesebre, los calcetines en la chimenea, los aguinaldos y Santa Claus son solamente una excusa para abrir nuestro corazón al espíritu de la Navidad; sigue las tradiciones que más te gustan y tolera las demás”.
Aunque hoy trata de reconciliarse con los trajines inevitables de la fecha, todavía se pregunta: ¿Por qué le quitamos el trabajo al niño Dios?

Wednesday, November 17, 2010

Pensamientos en gestación


Mis manos ya no escriben 80 palabras por minuto, las oraciones no fluyen con la rapidez de hace algunos años y, de tanto uso, las teclas para borrar están a punto de desaparecer. Pero al fin estoy lista para sentarme a escribir. José Saramago, Hector Abad Faciolince, Mario Vargas Llosa, Laura Restrepo, Rosa Montero, Junot Diaz, Luis Leante y hasta Charles Dickens son algunos de los que han nutrido, formado y transformado algunas de mis ideas durante el año. Por hoy, una foto para reconocerme y aceptarme como la que soy hoy. Mañana, reflexiones sobre el trabajo, las compras de Navidad y la felicidad de servir.

Tuesday, December 29, 2009

Avatar: la pérdida de la esencia cinematográfica


¿Qué es una película si no el relato de una historia única que de alguna manera toca nuestra propia vida? Aunque la tecnología ha hecho del cine una experiencia más sensorial que reflexiva, finalmente es la historia lo que determina la calidad de la producción.
El pasado 18 de diciembre se estrenó la película Avatar. Con un presupuesto de 238 millones de dólares, esta cinta usa los avances más novedosos en la tecnología de tercera dimensión para narrar su historia.
La imagen, efectivamente, es espectacular. Pandora, la luna en la cual se desarrolla la historia, es un rico bosque tropical húmedo habitado por coloridas aves gigantes, caballos de seis patas, fieras de variadas formas y tamaños, plantas luminosas, y además por la tribu Na’vi, compuesta de criaturas azules que parecen medio humanos, medio felinos.
La historia, que se desarrolla en el año 2154, cuenta las peripecias de una compañía estadounidense que explota un mineral precioso que se encuentra únicamente en Pandora. En vista de la oposición de los nativos, la compañía contrata mercenarios para defender su producción. Al mismo tiempo, financia un proyecto científico que tiene como objetivo comunicarse con los Na’vi a través de avatares, cuerpos extraterrestres manejados a distancia por humanos.
Sin embargo, mientras las imágenes muestran con riqueza de detalle los encantos de Pandora y de sus habitantes, los personajes y la trama develan un guión plagado de clichés. La historia incluye al gringo intolerante a las culturas desconocidas, al militar arrogante cuyo poder está en su armamento, a la tribu pacífica que adora a su madre tierra (en este caso un árbol sagrado), a la científica apasionada que defiende sus proyectos a toda costa y hasta al ejecutivo neurótico que sólo piensa en las ganancias de la compañía.
Si bien el romance, la traición, las batallas y los efectos visuales son constantes en todas las películas de acción, Avatar no deja escapar uno solo de estos estereotipos: el triángulo amoroso, la pelea mano a mano al estilo David y Goliat, y el enfrentamiento brutal en el que al final, sin ninguna razón lógica, gana el bueno de la película.
La calidad audiovisual de esta costosa producción cinematográfica es única; la historia, en cambio, no lo es. En lugar de plantear inquietudes entre el público, la narración se limita a dar un sermón ecológico y a reproducir el sueño del mundo ideal: el triunfo del débil sobre el fuerte.

Sunday, December 6, 2009

¡Elvis vive!


Al contrario de lo que cualquier turista desprevenido hubiera imaginado, la Avenida Elvis Presley en Memphis Tennessee no está atiborrada de vallas, tiendas o restaurantes alusivos al rey del rock and roll. En su lugar, talleres mecánicos, hoteles envejecidos y oscuras tiendas de licor sugieren que la ciudad ya se olvidó de uno de sus más famosos residentes.
Sin embargo, basta llegar al parqueadero de Graceland para reconocer que, después de 32 años de muerto, Elvis Presley sigue siendo rey. Centenares de personas de todos los rincones del mundo llegan a diario al lugar para celebrar su vida y sus éxitos.
Con una variedad de recorridos que cuestan desde 30 hasta 70 dólares, los aficionados tienen acceso a detalles de la vida personal y profesional de uno de los cantantes que más discos ha vendido en la historia de la música. Los recorridos incluyen visitas a la mansión, la colección de carros, los jets, los trajes y otros objetos que Elvis convirtió en íconos de la época.
Algunos cuartos de la mansión se conservan tal y como Presley los disfrutó en vida. Otras secciones de la casa han sido modificadas para exhibir detalles de su carrera y de sus éxitos profesionales.
Pero el tiempo ha hecho mella en la fama que durante un buen tiempo adquirió la mansión. El renombrado cuarto de la jungla luce pequeño y relativamente simple, a pesar de la fuente que adorna la pared y de los muebles de madera inspirados en máscaras africanas. De igual manera, la decoración en el cuarto de televisión y en el salón de billar demuestra el estilo de una época, más que la excentricidad de su propietario.
Después de apreciar de cerca las áreas comunes de la casa (las habitaciones de Presley y de su familia no están abiertas al público), el recorrido guía a los visitantes al salón de trofeos, donde está representada la historia musical del ‘rey’, desde su primera aparición en televisión, en enero de 1956, hasta una de sus últimas presentaciones en Las Vegas, en 1977.
Durante su carrera musical, Presley recibió al menos 150 discos de oro, platino y multi-platino por las ventas de sus discos; fue nominado a 14 premios Grammy, de los cuales obtuvo tres por sus discos de música religiosa; presentó por lo menos 1.100 conciertos en Estados Unidos y protagonizó 31 películas en Hollywood.
Excepto por un video de la canción ‘Amazing Grace’ grabado en Las Vegas en 1977, donde el cantante aparece sentado llorando, en Graceland no hay señas de la decadencia de Presley. Por el contrario, el salón de racquetball celebra su inmortalidad con una exhibición de los disfraces, carteles y de la estampilla que se imprimió en Estados Unidos en su honor.
Graceland es también el lugar donde descansan los restos del cantante, de sus padres y de un hermano mellizo que murió durante el parto. Como si todo esto fuera poco, el museo ofrece exhibiciones específicas a lo largo del año: sus años de servicio militar, su concierto en vivo desde Hawaii, sus grabaciones de 1968, en fin, un sinnúmero de atracciones que dejan satisfecho hasta al más ferviente seguidor de este ícono americano.